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Si observamos las corrientes más externas de la astrología, podremos reconocer el paralelismo que existe entre su evolución y las fases que recorre la conciencia separada,  en el camino de sus transformaciones.

 En un principio “aquello que ve” –la conciencia- atribuye total independencia a lo visto. De manera análoga, la correspondencia entre macrocosmos y microcosmos toma un sentido puramente “objetivo” en esta etapa y los astrólogos no hacen referencia alguna al proceso psíquico y a su relación con el destino. Por otra parte, el paradigma lineal imperante en nuestra cultura impidió por mucho tiempo que floreciera el concepto de ciclo en la astrología occidental. Impresionados por la posibilidad de relacionar las formas del Cielo con los acontecimientos de la Tierra, los astrólogos se limitaron a adjudicarle un contenido fausto o infausto a los mismos. En este nivel de comprensión, los hechos en la vida de un individuo siguieron siendo percibidos como separados uno del otro, en todo caso, cualificados y “enlazados” con el Cielo  pero sin alcanzar a reconocer en ellos la presencia de patrones o diseños recurrentes. El “destino individual” es concebido así en forma independiente de cualquier trama vincular o de los contextos colectivos e históricos en los que se manifiesta. El polo singular de cada situación se acentúa al extremo y se ignora por completo la existencia de campos, dinastías y redes. Capturado por la necesidad de control, este nivel de la astrología no reflexiona nunca acerca de las posibilidades del ser humano para refinar su capacidad de respuesta a las formas del Cielo. No observa en términos de sensibilidad, orden creativo y vincularidad, sino sólo en el de fuerzas, destino predeterminado y conductas individuales.

 En una segunda etapa –de la que somos contemporáneos- la conciencia comienza a superar el registro fragmentario de la realidad y descubre la proyección de los contenidos de la interioridad sobre el mundo “externo”. De hecho, podemos decir que una de las características esenciales de la cualidad del tiempo en que vivimos es el surgimiento de una nueva comprensión –mucho más abstracta- del mundo de las formas. La existencia de patrones -en un plano imperceptible a los sentidos- como organizadores de lo concreto, se está convirtiendo en una evidencia para la ciencia actual. En las últimas décadas hemos aprendido a reconocer estructuras, matrices y códigos presentes en distintos aspectos de la naturaleza. Fractales, bucles de retroalimentación, campos morfogenéticos, la dinámica serpentina del ADN, son –entre otros- conceptos que otorgan visibilidad a niveles de realidad infinitamente más complejos que los habituales. La psicología moderna, por su parte, nos ha mostrado las estructuras que organizan nuestra psiquis. Nos habla de la existencia de patrones tanto en la historia personal como en los sistemas familiares, así como en el orden simbólico del lenguaje o en el de los arquetipos y sus imágenes colectivas.

Como sabemos, la astrología acompaña este salto en la conciencia y gracias al encuentro con la psicología adquiere una extraordinaria sutileza para describir procesos profundos. Se reaviva entre los investigadores el interés por el nivel simbólico y la distinción psicológica entre identidad consciente y Sí-mismo permite que algunos conceptos fundamentales de las corrientes más profundas de la astrología comiencen a ser asimilados en gran escala.

 Sin embargo, si bien la psicología moderna ha dado pasos gigantescos en la dirección de percibirnos en el contexto de grandes tramas condicionantes –a nivel libidinal, sistémico, arquetípico o en el del lenguaje- aún no ha dado el salto que le permitiría concebirnos como estructuralmente entrelazados a los demás reinos de la naturaleza, a la Tierra y a la vida del sistema solar.

 En un sentido riguroso, toda psicología implica una cosmología y toda cosmología implica una psicología. El modo como los humanos concebimos la estructura de “lo más interno” está íntimamente ligado al modo como caracterizamos “lo más externo”. Desde los antiguos mitos cosmogónicos hasta las elaboraciones más abstractas y “objetivas” acerca del universo, lo que se pone en juego es la actividad de la conciencia. Los períodos en los que se confunden por completo psiquis y mundo, o aquéllos en los que se separan radicalmente, son sólo fases de un mismo aprendizaje en el que la misteriosa articulación entre aquello que contempla y lo contemplado se devela paso a paso.

 El encuentro entre astrología y psicología nos da una oportunidad extraordinaria para que se produzca un salto en esta tarea. Pero es evidente que en esta relación no puede dejar de reproducirse el nudo que caracteriza al patrón que estamos investigando. Es posible que el contexto histórico prime y la astrología vuelva a ser transitoriamente asimilada dentro de los límites que la cultura puede tolerar. Pero quizás, también, la presencia del orden que la astrología nos transmite –y que muchas corrientes del pensamiento contemporáneo comienzan a reconocer– tenga la fuerza suficiente como para transformar el modo en que los humanos nos percibimos a nosotros mismos, permitiendo el desarrollo de una psicología integrada a los procesos cósmicos.

 Que el universo posea una “psiquis” y que nuestra interioridad responda al orden del Cosmos, son afirmaciones de tal envergadura que nos hacen vacilar. Por eso solemos no pensar en ellas y nos limitamos a movernos en el terreno aparentemente seguro de lo instrumental. Es decir, no profundizamos en los fundamentos y sólo utilizamos los métodos y técnicas que se deducen de aquéllos. Esta es una actitud prudente pero también es una disociación. El núcleo profundo de la astrología nos indica que psiquis y cosmos forman una unidad, señala en la dirección de un orden que contiene los dos lados de nuestra experiencia y nos dice que la disolución de la barrera que los separa forma parte del despliegue cíclico de esa estructura. La astrología es una psicología en sí misma y tiene la posibilidad de mostrarnos cómo la psicología del individuo separado es sólo un aspecto de un proceso que la trasciende.

 Fuente: Ascendentes en Astrología, Eugenio Carutti

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