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Hemos observado que la vergüenza tiene muchos matices y facetas.  Nos centraremos en la resolución de la vergüenza que inhibe la acción de mostrarse y expresarse, pues es la más frecuente, la que más trastornos produce y la que más necesita ser comprendida y resuelta:

«Me da vergüenza que me saquen fotos; Me da vergüenza bailar… o cantar… o hablar en público…», etc. Es importante revisar cómo es el avergonzador interno de cada uno. El avergonzador interno es esa voz que, o bien imagina que los otros van a burlarse de nuestro deseo de mostrarnos y de los fallos en nuestra performance, o bien esa misma voz lo hace, diciéndonos, por ejemplo: «¡Cómo puede ser que hayas cometido semejante fallo (desafinado, tropezado, tartamudeado, vacilado… etc.). ¡Eres ridículo!¡No mereces que te tengan en consideración ni te quieran…! ¡Mejor desaparece!»

Ese aspecto necesita aprender que si bien su función es informarnos de que nos hemos equivocado, el sentido último de esa información es ayudarnos a capacitarnos, no destruirnos.

El aspecto avergonzador actúa como si la vida fuera una serie ininterrumpida de escenas de examen, y ante cada situación que a uno le toca protagonizar, él funciona como un severo profesor que no enseña, que sólo toma examen y aprueba o reprueba. Reprobar significa aquí burlar, descalificar y excluir.

Lo que el avergonzador necesita incluir es el componente de aprendizaje que existe en la vida, en el que cada uno ejercita su condición de aprendiz que continuamente ensaya, explora, acierta y se equivoca. Y comprender que ese movimiento nunca cesa.

Por lo tanto, cada error no es la causa inexorable de un suspenso escandaloso, sino una oportunidad más entre otras de seguir aprendiendo.

El aspecto avergonzador necesita aprender a transformarse de «examinador» en «colaborador del aprendizaje».

Esto nos remite a otro punto significativo de este proceso:

  • La identificación y la desidentificación. Ahondaremos en estas ideas con el siguiente ejemplo: Verónica sentía: «O soy la mejor alumna o soy la que se orina.» La noción de «yo» queda frecuentemente asociada a algún aspecto parcial de la totalidad de lo que somos. Ése es el mecanismo de identificación. Y según sea el aspecto con el cual identifico mi «yo» será la percepción que tenga de mí mismo: «la mejor alumna» o «la que se orina». Si funcionó con mecanismos de identificación masivos, intensos y excluyentes, quedo, entre otras cosas, muy expuesto al sentimiento de vergüenza desorganizadora. Verónica decía: «Si soy la que se orina, entonces, lo que me cabe es el oprobio y no puedo volver a enfrentarme ni con mis compañeros ni con la maestra…» Éste es un excelente ejemplo de identificación masiva y excluyente.

Si bien es razonable que me identifique con aquel aspecto de mí que está actuando en un momento dado, es importante considerar cuánto dura dicha identificación, es decir, qué capacidad tengo de tomar distancia e iniciar luego el movimiento de desidentificación.

Si ingreso al salón de un congreso en el que haré una exposición, y mientras camino hacia el escenario resbalo y me caigo y todos los papeles vuelan por el aire…, ésa es sin duda otra de las escenas prototípicas de vergüenza.Mientras me caigo y cuando estoy en el suelo, por supuesto que soy yo quien está ahí y a quien le pasa eso…,pero es interesante observar cuánto tiempo permanezco en esa actitud de identificación. Si es prolongada y no salgo de ahí («¡Qué torpe he sido al caerme! ¡Cómo ha podido ocurrirme!») seguramente mi ánimo quedará afectado y tal vez no pueda concentrarme en mi exposición ni sea capaz de realizar un buen trabajo. Eso es «cronificar» y padecer la identificación con quien se cayó.

La otra posibilidad es que, si bien reconozco que soy yo quien se ha caído, también puedo percibir que mi yo no se agota en ese que ha resbalado y que por lo tanto puedo mirar desde el resto de mí a quien se ha caído y en ese momento me desidentifico de él. Me ha ocurrido eso, pero no soy eso. Cuando comprendo esta realidad, y he desarrollado, además, una actitud asistencial hacia mí mismo, puedo mirar amorosamente a quien se ha caído y encontrar incluso los aspectos graciosos o simpáticos de ese suceso, compartirlo con el público y eventualmente reírnos juntos.

Lo que se ha expuesto es una descripción muy resumida de los mecanismos psicológicos que permiten experimentar aquello que habitualmente llamamos «sentido del humor». Esto implica también transformar la calidad del aspecto que en mí se encarga de reconocer el error cometido. Transformarlo de avergonzador humillante en testigo amoroso, que puede aprender y eventualmente divertirse con aquello que le toca vivir.

Cuando esta transformación interior se instala y consolida ya no inhibo mi acción y comienzo a vivir la alegría de participar, de protagonizar, que es, como se ha dicho, otro eficaz antídoto de la vergüenza inhibidora.

Todos estamos expuestos a atravesar una situación que nos produzca vergüenza. Mientras actuemos en el mundo estamos expuestos a tener fallos imprevistos en una performance, o no acertar con el código de pautas imperante. La vergüenza comienza a curarse cuando uno está dispuesto a correr ese riesgo porque se siente con recursos para sobrellevar esa situación en el caso de que ocurra. Es decir, la vergüenza se convierte en emoción conflictiva cuando inhibe la acción, cuando uno deja de expresarse a causa de la vergüenza.

El deseo de gustar

Además de los motivos particulares que producen vergüenza (cometer un fallo en tal o cual performance) hay un motivo que es general y que está por encima de todos los temas particulares. Si pusiéramos en palabras dicha actitud sería: «Tengo vergüenza de que se advierta mi deseo de expresarme, de mostrarme y de hacerlo bien, para lograr que me acepten, me reconozcan, me quieran o me admiren.»

Este deseo, si no ha sido legitimado interiormente, suele ser el que más vergüenza produce. La persona que lo siente tiende a creer que a ella es la única a quien le sucede, o que le da demasiada importancia a su participación pública y sus repercusiones, y que a los otros no les ocurre lo mismo. Todo esto muestra a las claras que dicha persona no ha legitimizado su deseo (universal,por otra parte) de mostrarse, gustar y ser reconocida. Es interesante revisar qué grado de legitimidad interior tiene en cada uno este deseo.

Ejemplo: Durante el proceso de elaboración de su vergüenza, Víctor relató: «Estaba por cantar (por primera vez) en público y empecé a sentir que me ponía tenso y me ruborizaba; entonces me acordé de lo mucho que trabajamos y antes de que este estado siguiera creciendo me acerqué al micrófono y dije: “La verdad es que me siento muy nervioso; tengo muchas ganas de hacerlo bien y que a ustedes les guste lo que voy a cantar…” Después de decirlo, la vergüenza que me oprimía remitió y desapareció el rubor…»

Una de las señales físicas más frecuentes de la vergüenza es ruborizarse. Luego uno teme no sólo la escena que avergüenza, sino el ruborizarse en sí. A este trastorno se lo ha denominado «eritrofobia».

El rubor es el aumento del riego sanguíneo que recorre la cara y la cabeza. Dicho aumento de riego expresa el deseo de estar presente. Si no he legitimado mi deseo de estar presente y gustar, entonces, a través del rubor se pierde el control sobre la manifestación física de ese deseo y, que se note, nos avergüenza. Y eso fue lo que le sucedió a Víctor: el mismo deseo, cuando procuraba ocultarlo por ilegítimo, se convertía en agobiante motivo de vergüenza y se expresaba ruborizándose. Cuando logró legitimarlo interiormente y pudo expresarlo y compartirlo se convirtió en un deseo más, y tanto la vergüenza que inhibía su acción como el rubor cesaron.

Si bien la vergüenza puede parecer una perturbación menor en relación con otras emociones como el miedo, la culpa o la ira, la vivencia en sí de vergüenza es realmente desorganizadora y muy dolorosa. Cuando uno la ha padecido y sabe que no cuenta con recursos para resolverla en caso de volver a presentarse, se convierte en un freno que recorta de forma impiadosa la posibilidad de disfrutar el desafío de expresarse, improvisar, crear y compartir.

Sentirse disponible para ese desafío, y encararlo, es, precisamente, una de las legítimas fuentes de alegría en la vida.

Bien vale la pena entonces recordar que la vergüenza inhibidora se cura, y que existe un camino para ello.

INDAGACIÓN PERSONAL

A título de resumen se presentan a continuación los aspectos más significativos de la vergüenza encauzados ahora hacia la exploración personal. De modo que si usted padece esta emoción le propongo la siguiente tarea:

  • Observe cuál es la escena (real o imaginaria) que le produce vergüenza. Trate de describirla con la mayor precisión posible. Como si completara la siguiente frase:
  1. a) «Lo que a mí me avergüenza es»: (cantar, bailar, ser el centro en una reunión, y que mientras lo hago me muestre torpe, desafine, me olvide la letra, diga algo «inapropiado», etc.). Las situaciones posibles son múltlipes, repare en cuál es SU escena de vergüenza.
  1. b) «Y que quienes están conmigo reaccionen sintiendo, pensando o haciendo….»

Esa reacción imaginada de los otros caracterizará cómo es su avergonzador externo. Una vez que descubra cuál es el perfil de su avergonzador externo, observe si reconoce en usted algún aspecto propio que se dice lo mismo o algo equivalente, es decir, cómo es la voz de su avergonzador interior. («¡Mira el ridículo que has hecho, qué torpe eres, no mereces el afecto de nadie, mejor desaparece!, etc.) ¿Es la voz de mi madre? ¿de mi padre, de mis hermanos? ¿puedo identificar esa voz? ¿quien me hablaba así de pequeño/a?

Lograr identificar al avergonzador interno es muy importante, porque se trata de la puerta de entrada que permite ingresar en la «fábrica personal» de la vergüenza. Cuando ha conseguido identificar esa voz interior, imagine que usted es, por unos instantes, el avergonzado y que puede hablarle a esa voz interna que lo avergüenza.

Dile a tu avergonzador interior…

  1. a) «Lo que siento cuando me hablas de ese modo es…»
  2. b) «La parte de razón que tienes en lo que me dices es…»
  3. c) «El modo en que necesito que me hables y me digas los errores que cometo para poder sentirme ayudado en lugar de avergonzado por ti, es…»

Trate de describirlo con la mayor claridad y amplitud que pueda, porque mientras lo haga activará otra alternativa interior, generalmente no experimentada ni utilizada.

  • Continúe el diálogo avergonzador-avergonzado todo el tiempo necesario hasta que ambos alcancen, por comprensión y crecimiento, el registro de que son funciones complementarias y por lo tanto miembros solidarios del mismo equipo.
  • Cuando esa actitud interior está establecida uno se halla en mejores condiciones de enfrentar las inevitables escenas de vergüenza que inesperadamente se pueden presentar en la vida cotidiana.
  • Estar en mejores condiciones significa que uno puede asumir con mejor naturalidad el deseo de gustar y ser valorado y puede reconocer también que en el curso de cualquier acción puede cometer errores o torpezas de distinto calibre, hasta las más inesperadas e incluso desopilantes.

En la medida en que se alcanza esa plataforma psicológica básica queda más transitable el camino de la desidentificación: Cuando uno comete ese error tan temido puede percibir con relativa rapidez que «me ocurrió eso pero no soy eso».

Y desde la totalidad más vasta que siento que soy puedo mirar a quien le ha ocurrido eso. En última instancia, podré mirarlo con la misma calidad amorosa y asistencial que haya alcanzado la relación avergonzador-avergonzado interior. Y si es sufi-ciente y satisfactoria podré encontrar los rasgos simpáticos de ese suceso y compartirlos. Mientras lo hago, esa escena tan temida dejará poco a poco de ser la catástrofe que desorganiza para convertirse en un momento más, que, después de un tiempo razonable, permita pasar al próximo, mientras recupero mi integridad y quedo disponible para acompañar ese fluir.

Autor Norberto Levy

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