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Divinizar el Amor

Elogiar en exceso el amor, absolutizarlo tanto que nos deslumbre y nos haga pensar que las cosas serán siempre así es un error. En el amor inteligente hay una visión inmediata y otra mediata, una próxima y otra lejana, una cerca y otra remota; en un caso la mirada se concentra en el aquí-ahora, y en la otra en el futuro por compartir.

Con la divinización del amor entramos en ese mundo mágico y excepcional de la poesía, que nos ofrece sólo una parcela de la realidad sentimental: la mejor, aquélla menos compleja y carente de problemas.

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El amor es divino y humano. Se amasa con materia y espíritu. Pero a la larga, siempre necesita recomponerse, volver a empezar, redefinirlo, verlo con ojos nuevos. Desconocer esto es no conocer la base del tema. 

Corazón que no quiera
sufrir dolores,
pase la vida libre
de amores.
(verso anónimo)

Desidealizar el amor no es dejar de divinizarlo sino entenderlo en una de sus inevitables facetas. Su caleidoscopio sensorial oscila y se mueve, pero lo importante es que la resultante de esos movimientos sea positiva.

En el amor idealizado o enamoramiento,  se sitúa al otro en una posición excesivamente elevada, en un pedestal psicológico. Pero cuando la relación avanza a una etapa de mayor conocimiento mutuo se va a ir teniendo una visión de cada uno una visión más milimétrica, propia de una convivencia codo a codo, existirán miles de ocasiones en que esta imagen caiga y se desplome; no de un día para el otro, pero sí de forma gradual.

La convivencia conyugal va a ofrecer una doble panorámica: sincrónica y diacrónica; del hoy y ahora, del presente, y también longitudinal, histórica. Ambas visiones se abrazan y configuran una óptima, más compleja. Es cierto que puede y debe aspirarse a mantener la admiración por el otro, pero sin llegar al extremo de no ver sus defectos; es decir, hemos de saber aceptarlos como condición sine qua non de lo que es el ser humano. Esto es tener los pies en la tierra.

El amor inteligente tiene capacidad para dirigir la vida en común y controlar las variables más importantes que lo integran o conforman; sabe adelantarse, prever, no entregarse fácilmente a los pulsos de la imaginación. La inteligencia, en tanto que capacidad de síntesis, nos ayuda a situarnos de forma correcta en las coordenadas de lo que significa la vida en pareja. 

Hacer de la otra persona un absoluto es concebirla como parte fundamental de la felicidad personal . En este punto es preciso hacer una observación: la felicidad es una operación compleja, proyectiva, que ha de estar compuesta de amor, trabajo y aprendizaje constante; de lo contrario no se consigue que sea sólida y coherente. Los tres factores tendrán momentos difíciles y atravesarán baches que los pongan a prueba, cada uno a su nivel. No hay felicidad sin esfuerzos pequeños, grandes y continuados por enderezar el rumbo de los principales argumentos, cuando éstos se desvían de ls rutas adecuadas. 

La inteligencia aplicada al amor conyugal nos proporciona una mejor situación frente a la afectividad; consigue una autodeterminación adecuada, y de forma gradual, más positiva.

No es suficiente con estar enamorado

Es un error bastante común y generalizado pensar que sólo con estar enamorado es suficiente para que funcione el amor. Éste es el principio, el empujón que activa toda la maquinaria psicológica de los sentimientos y que en los comienzos tiene una enorme fuerza y validez. Pero el amor es como un fuego; hay que avivarlo día a día, si no se apaga.

Hay que nutrirlo de detalles pequeños, en apariencia poco relevantes, necesarios para la tarea de la vida diaria. Cuando éstos se descuidan, antes o después la relación se va enfriando y acaba por llevarse las mejores intenciones al diablo.

El hombre light centra su vida en lo material: dinero, éxito, poder, triunfo. Dicho de otra forma: hedonismo, consumismo, permisividad y relativismo. El placer está por encima de todo, y el acumularlo y darlo todo por válido deforma la visión de la realidad y la vuelve tan amplia y permisiva que se borran los límites entre lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto…Con tal panorama es muy difícil mantener una relación sentimental estable, salvo que la otra persona sea capaz de doblegarse, desaparecer psicológicamente y someterse. Sin embargo, eso no es matrimonio, ni relación conyugal ni vida de pareja. Eso es otra cosa, y tiene un mal pronóstico. 

La inteligencia afectiva es la herramienta psicológica que nos ayuda a plantear lo que son los sentimientos compartidos y a buscar soluciones. Es la que permite anticiparse y resolver, prever y solucionar, dominarse a sí mismo e ir entendiendo la geografía sentimental en su diversidad. En este viaje exploratorio hacia la arqueología afectiva ambos deben esmerarse en limar asperezas, aristas y territorios que hay que modificar, enmendar y rehacer, pero tiene que ser un esfuerzo y un compromiso de a dos.

Fuente: “El Amor Inteligente” de Enrique Rojas.

 

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